¿Qué es la Santa Biblia?

Literatura Bíblica, Trafalgar, 28010, Madrid 10

Un nuevo interés en la Biblia

Hubo un tiempo en el mundo hispano cuando una demostración de interés por la Biblia de parte de “laicos” se consideraba como algo propio de los “evangélicos” o “protestantes”, ya que los ejemplares que circulaban habían sido publicados, en su inmensa mayoría, por sociedades bíblicas protestantes y ofrecidos a través de colportores, misioneros o miembros de iglesias protestantes. En los últimos años se ha visto un gran cambio a este respecto, pues sociedades bíblicas católicorromanas sacan a la luz millones de ejemplares de la Biblia, y la lectura del sagrado Libro se recomienda a los fieles de la iglesia católica como algo propio y necesario para un cristiano.

Con todo, persiste una gran ignorancia en cuanto al texto, composición y mensaje de la Biblia, pues pocas son las personas que la han leído con diligencia hasta dominar su contenido y dejarse guiar por ella, reconociendo que es la Palabra de Dios. Hasta miembros de comunidades evangélicas han perdido la costumbre —antes común a todos— de leer las Escrituras diariamente para el sostén del alma. Quizá algunas personas de habla castellana aún creen que existe una Biblia “católica” y otra “protestante”, temiendo los “errores” de la última, mientras que, desde un punto opuesto, se van infiltrando en la sociedad ideas “liberales” que apenas conceden a la Biblia más importancia que la de una colección antigua de escritos que ilustran el desarrollo del concepto religioso dentro del pueblo de Israel. La finalidad de este escrito es la de adelantar algunos datos sencillos sobre el origen, naturaleza y mensaje de este Libro que, considerado desde cualquier punto de vista, es la obra maestra de la literatura universal, y la que mayor impacto espiritual ha hecho en el mundo.

No hay más que una Biblia

De hecho no hay, ni puede haber, más que una sola Biblia. Dejando para más tarde la cuestión de los libros apócrifos en el Antiguo Testa-mento, hemos de notar que la Biblia se compone de dos secciones, llamadas “Testamentos”, siendo la primera anterior al nacimiento de nuestro Señor Jesucristo en este mundo, y la segunda posterior a esta fecha cumbre.

El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo, y sus autores pertenecían al pueblo de Israel. Hay algunos capítulos escritos en arameo, una lengua hermana, pero eso no afecta el hecho de su origen hebreo, ya que los autores de los varios libros son profetas, historiadores y poetas escogidos por Dios para consignar por escrito los mensajes que él iba dando a su pueblo Israel. Constituye una verdadera biblioteca de volúmenes de distintas naturalezas, todos necesarios para su tiempo, y todos inspirados de tal forma que sus mensajes se revisten de valor permanente.

El Espíritu Santo obró por medio de los autores humanos para darnos, a través de sus escritos, el conocimiento de Dios y de su voluntad para con el hombre. Dios se revela a sí mismo en estos libros, no sólo al inspirar los mensajes de los profetas, sino también a través de sus hechos de poder, de salvación y de juicio. Además de ello, El Antiguo Testamento prepara el terreno para la venida del Mesías (el Cristo) mediante claras profecías que aumentan en detalle y significado a medida que se acercan más a la época de la manifestación en la tierra del Hijo de Dios.

El Nuevo Testa-mento es esencial­mente la obra de los Apóstoles y de sus colegas, inspi­rados para tal fin, que describen los hechos de la vida, muerte y resurrec­ción de Cristo en los Evangelios, pasando luego a historiar la extensión del evangelio en el mundo durante los primeros años de su proclamación. Después de los cuatro Evangelios hallamos el importante libro Los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Pablo, San Pedro, San Juan, San Judas y Santiago, para la guía de las iglesias nacientes. El Apocalipsis, que cierra el Nuevo Testamento —y, por ende, la Biblia en su totalidad— trata de la última crisis del mundo y de la segunda venida del Señor Jesucristo, un acontecimiento aún futuro, claramente profetizado en el Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento llega a ser, pues, la única fuente para el conocimiento de la persona, enseñanzas, obras, muerte expiatoria y resurrección de Cristo, como también para comprender la naturaleza de cristianismo apostólico. Volveremos más adelante a su mensaje esencial.

Hemos de insistir en la historicidad del Nuevo Testamento, o sea, que no sólo es “un libro sagrado”, sino que presenta hechos históricos genuinos dentro de su propósito. Hay libros en el Nuevo Testamento que datan del año 50 d.C. o antes, que quiere decir que los relatos orales y escritos iniciales empezaron a tomar su forma actual a unos veinte años de la muerte de Cristo, durante la vida de miles de testigos testifícales capaces de dar fe de los hechos.

Los libros apócrifos. Están escritos en lengua griega —o traducidos a ella— y datan de los siglos que precedieron el nacimiento del Salvador. Hay entre ellos libros de gran valor histórico, y los hay útiles para la instrucción moral, pero otros son manifiestamente fabulosos. En la Biblia encontramos mucho de sobrenatural, pero una cosa es que Dios intervenga milagrosamente según sus propósitos, y otra que hayamos de aceptar “piadosas” invenciones indignas del sublime nivel de la revelación escrita.

Estos libros no fueron incluidos en el canon de los judíos, pero, por confusión, entraron a formar parte de la traducción griega (alejandrina) del Antiguo Testamento, y, de allí, pasaron a ser intercalados entre los libros de este Testamento en las Biblias “católicas”. No se citan en el Nuevo Testamento, a diferencia de los demás libros del Antiguo Testamento que los Apóstoles utilizan constantemente. De hecho los eruditos católicos no suelen darles más que el rango de libros “deuterocanónicos”, o de segunda categoría, cuando se trata de su inspiración y autoridad, admitiendo que contienen elementos legendarios (Diccionario de la Biblia, Haag, Born, Ausejo).

Las traducciones

Ya que el Antiguo Testamento se escribió en hebreo y el Nuevo en el griego “común” que se hablaba por toda persona medianamente culta en las tierras bíblicas durante el primer siglo, es evidente que nosotros no podemos conocer la Biblia sino a través de traducciones que viertan al castellano el sentido de aquellos escritos, redactados en lenguas antiguas. De hecho existen dos requisitos para que nosotros podamos llegar a conocer bien las Escrituras, si no somos conocedores personalmente del hebreo ni del griego helenístico.
El segundo requisito es que eruditos completamente familiarizados con las lenguas originales —y también expertos en la nuestra— hagan traducciones sobre la base de los textos purificados, buscando las mejores equivalencias de vocabulario, de gramática y de estilo. Es tarea ardua, pues los idiomas en cuestión difieren mucho entre sí en su construcción gramatical, en sus conceptos fundamentales, etc. Si la traducción es demasiado literal, se comprende mal por el lector de hoy; pero si es demasiado libre, podría no darnos el sentido exacto del texto original inspirado. Todos comprenderán que la obra de distintos traductores puede variar en su forma verbal aun cuando coincidan en el sentido esencial del pasaje. Las mejores traducciones suelen ser fruto del trabajo de comités de traductores cuyos miembros comparan y cotejan su obra entre sí antes de darla a la publicidad.El primero es que eruditos bien capacitados —y muchos dan su vida entera a tales estudios— examinen los muchos textos bíblicos que han sido transmitidos a lo largo de los siglos, cote-jándolos entre sí, remontando a los más antiguos y así eliminando las erratas de copistas que tenían que copiar los documentos a mano hasta que la invención de la imprenta hiciera posible mayor exactitud de reproducción. Sin embargo se trata de pequeñas variantes que no afectan la doctrina bíblica.

En el siglo IV San Jerónimo trabajó mucho con los textos hebreos y griegos que pudo hallar entonces, e intentó poner en orden en las diferentes traducciones al latín que circulaban. El resultado de sus esfuerzos es la Vulgata, admirable versión para su tiempo, y que, después de bastante oposición al principio, llegó a ser la versión “oficial” de la Iglesia Católica Romana, especialmente consagrada por el Concilio de Trento. Ahora todos reconocen que no pasa de ser “una traducción” y no el texto original, de modo que las antiguas traducciones al castellano —como la del Padre Scío— hechas sobre el texto de la Vulgata no pasaban de ser “traducciones de una traducción”, lo que admitía un amplio margen de error.

En el año 1569 Casiodoro de Reina hizo una traducción al castellano basándose en los textos hebreos y griegos que entonces se conocían y posteriormente su obra fue revisada por Cipriano de Valera. Trabajaron en la “edad de oro” de la lengua castellana, y su traducción goza de merecido prestigio literario. Una revisión del año 1960, retocada en 1995, ha quitado voces castellanas arcaicas que ya no se entendían, y la versión ha ganado también en exactitud. Esta versión clásica es la que más se ha dado a conocer en países de habla castellana por medio de las sociedades bíblicas protestantes, pero existen otras buenas traducciones que utilizan los frutos de las investigaciones modernas, siendo más aptas para el estudio detallado de la Biblia.

Disponemos también ahora de buenas traducciones hechas por eruditos católicos sobre la base de las lenguas originales —y no sobre la Vulgata— como son las de Nácar Colunga y Bover Cantera. Las traducciones católicas llevan notas de más o menos amplitud al pie de la página —a veces se juntan al final del tomo— que procuran orientar al lector hacia la interpretación “autorizada” del texto donde salen puntos de debate, mientras que las versiones “protestantes” no suelen llevar tales notas. En esto también hay excepciones. Lo importante es llegar a conocer bien el texto bíblico, pues cada pasaje debe interpretarse a la luz de toda la Biblia.

Una biblioteca divina

Ya mencionamos la variedad de tipos de escritos (“géneros literarios”) en el Antiguo Testamento, y de hecho la palabra “biblioteca” puede aplicarse con propiedad a toda la Biblia. Hallamos escritos históricos, narraciones biográficas, leyes y ordenanzas cúlticas y libros proféticos. También hay libros de “sabiduría” que contienen proverbios y aforismos sobre el vivir del hombre piadoso, con libros de poesía, como los Salmos; los escritos apostólicos pertenecen al estilo “epistolar”, ya que se trata de cartas dirigidas a iglesias o a individuos. Algunos autores eran reyes, otros sacerdotes, otros profetas, otros hombres del pueblo, pero la guía del Espíritu consigue la unidad espiritual de la Biblia, que es un solo Libro a pesar de tanta variedad literaria.

Moisés es el autor o redactor de los cinco primeros escritos de la Biblia, el Pentateuco. Si él escribió alrededor del año 1300 a.C., y San Juan terminó sus escritos cerca del año 100 de nuestra era, la redacción de la Biblia se extiende a lo largo de casi milenio y medio.

Los escritos iban saliendo a la luz según las  circunstancias y las exigencias de la obra de Dios en cualquier época de este largo período, pero lo maravilloso es que la Biblia, además de constituir una biblioteca, guarda su unidad, puesto que en todas partes desarrolla el tema de la revelación que Dios se ha dignado dar de sí, como también el de la historia de la redención que ha provisto para el hombre caído. Esta unidad de la Biblia sólo se explica por reconocer que tiene por autor a Dios, quien, por su providencia y por su Espíritu, dirigió la obra de múltiples autores humanos imponiendo la evidente unidad de tema y de finalidad que hemos notado.

La finalidad de la Biblia

Dios se revela parcialmente al hombre a través de todas sus obras, pero sólo la revelación escrita nos lleva a conocerle en la medida que Él ha ordenado. El Centro de la Biblia es el Señor Jesucristo, el Dios-Hombre y el Verbo Encarnado. Él manifestó la gloria de Dios en la tierra, y el proceso de revelación halla su consumación en su vida, muerte y resurrección. Jesucristo es también el Redentor que murió para quitar el pecado del mundo, resucitando al tercer día para derramar su gracia salvadora sobre los hombres. Por tanto, no sólo halla su consumación en su persona y obra el proceso de revelación, sino también la obra de redención que Dios ordenó en Cristo antes de la fundación del mundo.

La Biblia no es un libro de texto científico ni fue escrita sólo para consignar hechos históricos como tales, pues cada pasaje se relaciona con el doble propósito que ya hemos notado. Los autores humanos utilizaron el vocabulario de su día y fueron guiados a emplear un lenguaje que pudiera entenderse por todo ser inteligente en todo tiempo de la historia. Podemos estar seguros de que no hay conflicto real entre el relato bíblico y los hechos científicos e históricos si, en primer lugar, se ha entendido bien el texto bíblico y, en segundo lugar, se trata de hechos comprobados y no de hipótesis y teorías temporales. De todas formas, vamos a la Biblia para conocer a Dios y no para buscar lo que los hombres son capaces de investigar por su cuenta.

Difícilmente entenderíamos las pro-fundas doctrinas del Nuevo Testa-mento –centradas en Cristo— si no fuera por la preparación que hallamos en el Antiguo. En un mundo idólatra y politeísta hacía falta insistir –y la necesidad se siente también hoy en día– que el Dios único es el creador del uni-verso que tuvo su principio en su palabra. Para entender al hombre, con sus gloriosas posibilidades y vergonzosos fracasos, hace falta saber que Dios le creó a su imagen y semejanza, dándole dominio en la tierra; hay que comprender también que un ser tan ricamente dotado volvió sus espaldas a su Creador, buscando la gloria de su “yo”. Sin embargo, el hombre caído es objeto de la gracia de Dios, y su fracaso es el punto de partida –-en la tierra— del plan de redención.

De ahí la importancia de los primeros libros del Génesis. Con la historia de Abraham y sus descendientes, las líneas del desarrollo de este plan de salvación se destacan cada vez más a lo largo del Antiguo Testamento hasta el nacimiento de Cristo de una Virgen de Israel. La Ley de Sinaí, promulgada por medio de Moisés, coloca una norma de justicia delante de la raza caída. Nadie ha llegado a la justicia propia por medio de la Ley, pero su luz revela el pecado y nos prepara el corazón con el fin de confiar en Cristo, el único que había de cumplir la Ley perfectamente en su vida y luego recibir en su persona y en nuestro lugar el castigo que imponía la Ley que nosotros habíamos quebrantado.

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