Niños de …

Lo más importante
Hay algo mucho más importante que los problemas físicos y emocionales. No se trata solamente de un
poco de células no deseadas, mi amigo. No se trata de un poco de basura que botamos cuando nos
parece. Tampoco se trata de cómo quitarme esa inconveniencia “para que no interfiera con mis
aspiraciones”. No, mi amigo. ¡Mil veces no! Se trata de un ser humano igual a usted y yo; un precioso ser
que Dios ha creado. Estamos hablando de seres humanos a quienes no tenemos el derecho de quitarles
la vida. No tenemos el derecho de cometer homicidio.
Dios es el que da la vida y él es el que la quita a su tiempo. Dios es el autor de la vida. Él es el que hace
posible el milagro de la concepción. Él es el que da vida a la nueva criatura. Desde ese momento, y aun
antes, él se interesa por cada detalle de ese ser humano que se está formando para venir al mundo.
David, el salmista, comprendió esta verdad y dijo:
“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque
formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue
encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de
la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que
fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139.13–16).
¿Quiénes somos nosotros para entremeternos en este plan de Dios? ¿Con cuál autoridad podemos
optar por un aborto sólo porque este embarazo no nos conviene? Sólo Dios tiene el derecho de abrir y
cerrar el vientre. Es él y no los hombres quien decide si va a haber concepción.
“Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir”
(Deuteronomio 32.39).

Pero el hombre ha tomado como suyo este derecho. Madres con sus excusas egoístas, padres con su
independencia, hijas sin orientación bíblica, y médicos con sus ideologías inescrupulosas y con sus
instrumentos afilados, toman la parte de Dios. El hombre mata al inocente. Pero la Biblia dice:
“No matarás al inocente y justo” (Éxodo 23.7).
“No matarás” (Éxodo 20.13).
“…y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3.15).
“Pero los (…) homicidas (…) tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la
muerte segunda” (Apocalipsis 21.8).

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